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Cuando el éxito no es suficiente: mi historia con la autoexigencia

12 de mayo de 2026 · 5 min de lectura
Mujer latina mirando por la ventana en un momento de reflexión personal sobre el éxito y el autoconocimiento

Durante años construí una vida hacia afuera, sin preguntarme cómo me sentía por dentro. Lo que faltaba no era más logros, ni más estabilidad, ni más nada externo.

Lo que faltaba era yo.

Tenía todo… y algo no encajaba

Tenía todo lo que se supone que debería hacerte feliz: acababa de pasar una temporada en Londres, y llegaba a Colombia comprometida y con una nueva vida muy emocionante por construir, rodeada de personas amorosas dispuestas a ayudarnos. Pronto tuve trabajo estable y emocionantes proyectos personales.

Todo indicaba que debería estar bien. Y, sin embargo…

En paralelo, crecía en mí una sensación de vacío que cada día me generaba mayor malestar. Era la suma de muchas cosas: la distancia de mi tierra y mi familia, el duelo silencioso de la migración, los fantasmas del pasado, gestionar por primera vez mi propio hogar como adulta, y trabajar en un área que estaba lejos de ser mi pasión.

Y es una sensación terrible, porque entonces te empiezas a preguntar: ¿qué carrizo es lo que me hace feliz?

Si alguna vez te has hecho esa pregunta, sabes exactamente cómo pesa.

Aguantar no es lo mismo que vivir

Pero “había que vivir”. Había que seguir adelante. Y así lo hice, aguantando ese malestar como pude, hasta que una parte de mí empezó una búsqueda que, francamente, en su momento no entendía del todo.

Mi sensación es que estos estados no llegan solos — llegan también con posibilidades de nuevos caminos.

Un día curioseando en Facebook vi que una antigua compañera de trabajo se estaba certificando como coach. No tenía ni la más remota idea de qué era eso, pero algo me resonó profundamente. La contacté para preguntarle qué estaba haciendo, y ella, a su vez, me conectó con la que fue mi primera coach.

El primer proceso que lo cambió todo

Con ella empecé a entenderme. A ponerle nombre a las cosas que sentía. A decir en voz alta cosas que nunca me había atrevido a contarle a nadie, y que llevaba enquistadas dentro de mí.

Ese primer proceso fue tan liberador que no había marcha atrás. Decidí estudiar coaching ontológico — quería seguir conociéndome, reconociéndome. Y para serte sincera, no tenía idea de dónde me estaba metiendo.

Porque me di cuenta de que había partes de mí que era imposible mejorar a fuerza de esfuerzo, desafíos que no podía gestionar por más que me exigiera hasta ponerme al límite. Cada vez que daba con esa raíz y me hacía cargo de sanarla, crecía la compasión por mí, por mis ancestros, y eso me invitó a tratarme con mayor amabilidad — escuchándome, teniéndome en cuenta desde adentro.

Lo que cambia cuando dejas de exigirte

Fue un tránsito difícil, a veces confrontador y muchas veces doloroso. Y a la vez, fui dándome cuenta de mi poder, de mi capacidad de hacerme cargo de mi vida, de resignificar mi historia. Pero para llegar ahí debía ver con honestidad mis dolores, las partes de mí que no me gustaban, y aprender a diferenciar qué debía aceptar de mi historia y qué, en cambio, podía desafiar.

¿Y a qué me llevó todo esto?

A reconciliarme conmigo misma. A dejar de juzgarme con la dureza con la que antes me juzgaba. A sentirme más cómoda conmigo misma y, curiosamente, también con los demás. A tomar decisiones preguntándome primero: ¿estoy en paz con esto? Y si no, ¿por qué no?

Y sí — también me llevó a cambiar de carrera. Dejé la informática para acompañar a otras mujeres a hacer exactamente lo que yo hice: dejar de exigirse para empezar a comprenderse. Porque desde ahí se empieza a vivir de manera más consciente y con verdadera libertad interior.


De exigirme sin parar… a comprenderme. Ese camino es el que hoy acompaño.

Si algo de esto te resuena, no es casualidad.

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